Memorias del miedo

La mujer que aparece en esta foto se llama Ruth Zenaida Buendía Mestoquiari, vive en Satipo y es presidenta de la Central Asháninka del Río Ene (CARE). Hace poco ella ganó el Premio Ambiental Goldman, uno de los reconocimientos más altos para aquellas personas que defienden el medio ambiente pero no como una pose temporal, sino como una filosofía, un instinto. Ruth, por ejemplo, mantiene una lucha diaria con los madereros ilegales que operan en los alrededores del río Ene. La CARE nunca había podido frenar del todo esta presencia absolutamente dañina, y no sé si Ruth lo logrará, pero ella ya se les puso enfrente. Cuando la conocí, hace un par de años, esta mujer de ojos intensos se enfrentaba a un problema paralelo y muy difícil de digerir: la posibilidad no del todo descartada de que el Estado permitiera la construcción de una central hidroeléctrica enorme junto al cerro Pakitzapango, una montaña de piedras húmedas junto al río Ene que para el mundo asháninka representa la pesadilla total, porque allí se escondía -según el mito- un águila que comía hombres, y porque allí se escondieron -según la historia- los terroristas que masacraron a esta etnia. Pakitzapango es el miedo, y por eso los nativos no se bañan en esta parte del río ni pescan cerca del cerro. Construir una central hidroeléctrica en la zona sería como darle forma material a la pesadilla. Con Ruth a la cabeza, la CARE dio a entender de qué se trata esto de defender un territorio.

Foto superior: Musuk Nolte

(Revista Somos, 5 de octubre de 2012)


Asháninkas exigen poner fin a incursiones seudoterroristas

Los líderes asháninkas se sentaron en la mesa y la fiscal de la Nación, Gladys Echaíz, los miró a los ojos durante unos segundos. Conversaron sobre diversos temas, sobre los procesos de exhumación de los cadáveres de nativos muertos durante los años de violencia interna, por ejemplo. Echaíz les preguntó si había algún otro tema del que quisieran conversar, algún otro asunto. Silencio. De los 25 nativos presentes, solo dos se animaron a romper esa suerte de pacto callado que había entre ellos. Enoc Rodríguez (jefe de la comunidad Huacamayo) y Richard Quinchunga (jefe de la comunidad Bajo Ciriani) pensaron que era el momento propicio para denunciar -así, a boca de jarro- un avistamiento en marzo de cinco sujetos armados y encapuchados en la comunidad de Inchatingari, que ellos presumen que serían miembros del MRTA, aunque no especificaron si llevaban algún distintivo que los identificara como tales. También en marzo, ellos dijeron haber visto una columna de 15 hombres (también encapuchados) transitando de noche por una trocha en la comunidad de Centro Pumpuriani. Apenas los dos dirigentes terminaron de hablar, la fiscal abrió los ojos y levantó la voz: “¡Eso, eso me interesa!”.

(El Comercio, 16 de junio de 2008)

 

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