Venezuela: crisis y castigo

Conocí a Johny Calderón en Caracas, en una esquina de la urbanización Altamira. Ocurrieron tres cosas al mismo tiempo: unos estudiantes venezolanos con la adrenalina acelerada nos preguntaron a mí y a Rolly Reyna en qué medio trabajábamos y de qué país veníamos, los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana dispararon sus bombas lacrimógenas de rutina, y un peruano buena gente nos indicó hacia dónde había que salir corriendo en caso de emergencia, o sea en cualquier momento. Ese peruano era Johny, quien estuvo con nosotros a lo largo de ese día, y durante el resto de la semana fue nuestro compañero de trabajo. No quería nada a cambio, no quería imponernos ninguna opinión, no quería andar de chismoso, solo le parecía una buena idea pasar algunas horas del día junto a dos periodistas en las protestas en las que él participa desde hacía semanas. Johny llegó a Venezuela cuando era uno de los países más prósperos de Sudamérica, en los días en los “los pobres tomaban whisky”, como dice él mismo, mientras que el Perú estaba devastado económica, social y moralmente después del primer gobierno de Alan García. El papá de Johny había tenido algo de plata, vivían en una buena casa, tenían chofer, pero nadie pudo prever un desastre como el que ocurrió; él todavía se acuerda de cuando su papá lo despertaba a las 4 de la mañana y le decía “hay leche en la tienda tal”, y tenía que salir de su casa a esa hora y caminar casi escondido por las calles de Lince con un fajo de inútiles intis en una bolsa, como si estuviera yendo a comprar drogas y no el desayuno. Vino a Venezuela pagando un pasaje con los últimos centavos que le quedaron a su papá, pero en realidad su destino era Australia, solo que el consulado australiano estaba en Caracas, donde al final se quedó. Ahora tiene dos hijas venezolanas y es un carpintero de los buenos, aunque la crisis aquí lo tiene en su estadística de víctimas económicas: hay menos plata, menos trabajo, menos planes para hacer.  En uno de nuestros recorridos paramos a tomar un descanso en una placita ubicada al lado de la iglesia de Santa Rosa de Lima, donde se reúnen cada semana los peruanos que aquí viven para comer, vender Inca Kolas carísimas y maíz morado baratísimo, y le pregunté si, ya que la situación en Venezuela está tan angustiante, por qué no regresa al Perú. Johny me respondió bastante serio, casi molesto: “La crisis ya me hizo dejar mi país una vez. No voy a salir corriendo de nuevo”.

A esa misma hora, en Lima, Alan García tuiteaba: “#VenezuelaMuereTúCallas El pueblo peruano exige democracia en Venezuela”. Alan cree todavía que representa al pueblo peruano, cree que todavía representa a Johny, por ejemplo, un peruano que tuvo que largarse a otro país porque el suyo lo trató pésimo.

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***

Cuando Carmen Barrientos sale a marcha contra el chavismo-madurismo lo hace con una bandera en cada mano: la de Venezuela y la de Perú. Ella migró de Lima a Caracas a fines de los 80 para trabajar confeccionando joyas de oro. Como ella, decenas de miles de peruanos soñaban con viajar a Venezuela porque había petróleo y porque había plata y porque había chamba. Venezuela no solo era uno de los países más ricos de la región, sino también uno de los más consumistas. De hecho, hasta ahora lo es: tú paseas por el centro comercial Sambil, que es como el Jockey Plaza de Caracas, y verás los pasadizos llenos de gente, pero verás también que muy pocos cargan bolsas, muy pocos compran. Van a un centro comercial porque es lo que han hecho durante años, es como un acto reflejo emocional. Carmen antes dejaba en algunas peluquerías unas 50 joyas de oro al mes y todas se vendían; ahora deja unas 4 o 5, pero de plata, y a veces se vende una que otra. Si logra mantenerse a flote es porque ahorró lo suficiente como para mandar a su hijo de 18 años a estudiar a Lima y como para viajar a visitar a sus padres en Perú un par de veces al año, aunque esto último ya no sabe si podrá seguir haciéndolo. Ahora ella vive en una casita por La Pastora, cerca del centro de Caracas, a un par de cuadras donde murió atropellado José Gregorio Hernández, un médico que ayudaba a los más pobres y que ahora es uno de los santos populares que más devotos tiene en el país. En este barrio hay imágenes de José Gregorio en la calle, en esta bodega, en esa farmacia, pero más imágenes hay de Hugo Chávez, porque esta es zona chavista. Carmen, por supuesto, no puede hablar en voz tan alta cuando critica al chavismo-madurismo, y sus vecinos no saben que ella sale a marchar cada vez que puede. Pero esto para ella es un mal menor; el mal mayor fue tener que dejar su país para poder vivir mejor, porque no quería seguir siendo nadie en el Perú. Ella es una de las personas más honestas y trabajadoras que he conocido en mi vida, y lo digo porque la conozco: Carmen me crió hasta que tuve 5 o 6 años, su cuarto estaba al costado del mío, ella fue mi niñera, que es casi como decir mi mamá.

El mismo día que conocí su casa en Caracas, casi a la misma hora, a Alan García se le ocurrió que era buena idea tomarse un ‘selfie’ horroroso junto a otros ex presidentes y subirlo al Twitter para pavonearse, para que le aplaudan, para seguir creyendo que representa algo. Yo prefería mirar seguir mirando esta foto que encontré en la sala de Carmen, y que ella guarda como un valiosísimo recuerdo. Alguna vez su país fui yo.

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Carnaval sin fiesta

Hace un año, casi exactamente, la revista Somos me envió a Venezuela a cubrir las protestas que se repetían todos los días y que tenían a Caracas como uno de sus epicentros. Más allá de la violencia, que se repetía absolutamente todos los días y en todas partes (debajo de la ventana del hotel vi, dos noches seguidas, cómo los salvajes de la Guardia Bolivariana de Chávez y Maduro aparecían en sus motos y se llevaban a la fuerza a jóvenes manifestantes que, a lo mucho, habían prendido una llanta en la pista), había que analizar el tema económico: la crisis, la escasez, el no haber. Busqué a dos familias de Caracas y pasé unos días con ellos y, en determinado momento, les sugerí acompañarlos a hacer un día de compras, ese deporte de aventura extremo. Mónica, una peruana que vive hace décadas en Caracas y que ya forma parte de eso que insiste en llamarse clase media, se encontró con un par de amigos en un supermercado, no recuerdo cuál pero era de los grandes y bonitos, y en vez de saludarlos con un ¿cómo están? les preguntó, de frente: ¿qué han encontrado? Y no habían encontrado nada: ese día Mónica regresó a su casa sin desodorante, queso, pollo ni café. Eso sí, llenó el tanque de gasolina con menos de un dólar. Hace unos días Mónica me escribió, había logrado comprar un pasaje a Lima para venir a ver unos asuntos familiares. “No quiero volver a Caraquistán”, decía su correo. Un año después de que la visité, las cosas por allá andan igual de mal, han sido doce meses caminados en círculos (viciosos). La de Venezuela no es una crisis que explota y se percibe rápido, sino una crisis que ahoga lentamente. Si es difícil explicártelo, imagina lo difícil que es vivirlo.

(Revista Somos, 21 de febrero de 2015)

Foto superior: Rolly Reyna


Crisis y castigo

En los televisores de Caracas lo que más uno ve son actos oficiales del gobierno. Ayer me senté a mirar toda la cosa protocolar por la llegada de Raúl Castro y su mancha a la ceremonia por el primer aniversario de la muerte de Chávez, mientras tomaba un café. En la cafetería nadie se atrevió a reír en voz alta cuando en pleno izamiento de la bandera de Cuba algo pasó, la pita se rompió y la bandera cayó al suelo como una servilleta: la banda de músicos entró en crisis, Castro sonreía nerviosito, yo movía el azúcar en mi taza. A esa misma hora, en el barrio 23 de enero, uno de los más bravos de Caracas y el bastión más fanático del chavismo, un tipo de voz engolada que conduce un programa de radio local salió a entrevistar ‘espontáneamente’ a quienes esperaban la llegada de la comitiva oficial; le preguntó a un niño por qué admiraba a Chávez, y el niño repitió como robotito a pilas la biografía entera de Bolívar, de Chávez y de Maduro. Al final dijo que una vez Chávez le dio a su papá la llave de una nueva casa, donde ahora vive y donde tiene la pequeña laptop que el comandante le regaló. Una niña a su costado estaba disfrazada de Bolívar, con sable y toda la cosa. La retórica es alucinante, a ratos delirante. A las 4:25 de la tarde de ayer, pocos minutos después, un avión de guerra pasó volando bajo, disparó dos cosas que simulaban ser misiles –aplausos, gritos, hurras a Chávez- y se fue. Un chavista peruano merodeaba la zona con su banderita del Perú, lagrimeando, recordando a su líder: siempre hay un peruano presente en los eventos importantes del tercer mundo. Todo eso fue ayer. Hoy la cosa sigue igual de fea: ahorita, aquí debajo del hotel, dos estudiantes con la cara cubierta acaban de prender bolsas de basura y no hay pase de vehículos. En la mañana Caracas huele a basura, en la tarde a gas lacrimógeno y en la noche a nada porque de noche nadie sale a la calle.

(Revista Somos, 8 y 15 de marzo de 2014)


– EN FACEBOOK:

Lima, 1985 – Caracas, 2014: diplomado en crisis

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