El lejano oeste de Colombia

En la guerra abunda el cliché. Las viejas y fieles Toyota Land Cruiser 76 color blanco son el prototipo automovilístico más común de una zona de conflicto. Nos recoge del aeropuerto una de estas camionetas que tiene cruces rojas de todos los tamaños en sus cuatro costados, además del techo, y calcomanías de un fusil cruzado por aspas. Es domingo y por eso el tránsito es menos intenso. “Cuando vas en un vehículo de la Cruz Roja vas seguro, nadie se mete con nosotros”, dice Colón, el conductor, mirando por el espejo retrovisor. Colón es un negro alto y serio que funciona como guía y encargado de la seguridad y los contactos de este equipo de asistencia humanitaria. Nació en Barbacoas, un pueblo cercano e igual de violento que Tumaco del cual tuvo que salir entre duelos y amenazas; pero eso me lo contará después. Ahora me está explicando que, por costumbre, cuando su grupo es convocado a dependencias policiales o militares para alguna reunión de coordinación, él deja estacionada la Land Cruiser 76 en un punto visible de la calle para que los grupos armados que merodean en la zona sepan que están ellos ahí, y no cometan algún atentado. “Una vez la coloqué en la puerta de la estación de policía. Terminó la reunión, nos fuimos tranquilos y a las dos horas, pum, una bomba. Murieron dos”. Colón no modula el acento colombiano pero sí le añade una cuota de sobriedad: nunca eleva la voz, tampoco la baja. No ocurrirá nada dentro de una de estas camionetas, repite. Segundos después frena en seco para evitar chocar con un vehículo de Médicos sin Fronteras que salía de un garaje; ellos también se movilizan en una Land Cruiser 76 color blanco llena de calcomanías. Estamos en Tumaco; ayer volamos a Bogotá, luego a Cali y finalmente a esta localidad de la región Nariño. Del ligero frío de la capital al trópico de la costa oeste, en el Pacífico colombiano, cerca de Ecuador. En el Perú hay selva y hay costa, pero no selva a la orilla del mar. El escenario es raro, hermoso además. Los domingos en Tumaco consisten en no hacer nada excepto ir al Morro, una playa que en algún momento de la historia reciente fue un atractivo turístico. Pero ahora no hay turistas; los únicos extranjeros somos nosotros: dos periodistas y cinco representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja que tomamos unas cervezas con los pies descalzos en la arena mientras nos presentamos y rompemos los primeros hielos. Al caer el sol ocurren dos fenómenos paralelos: el cielo comienza a cerrarse por los cúmulos de nubes que después serán lluvia y los helicópteros militares despegan uno tras otro para sus patrullajes nocturnos en el campo. Alguien sugiere ir a comer y, luego de deambular por varios barrios peligrosos, optamos por un puesto ambulante en una oscura plaza cercana al hostal donde cocinan carne de res con arepas. Para intentar romper más hielos le pregunto a Sarah, una sueca muy escueta que es la jefa del grupo, si existe la remota posibilidad de tener algún contacto con hombres de las Farc. Todos dejan de masticar, incómodos. El único que interviene es Colón: “De eso no se habla en las calles de Tumaco”. Nos explica que uno no los ve, pero ellos sí nos ven. No los escuchamos, pero ellos saben de qué hablas y con quién. Es más fácil digerir un pedazo de supuesta carne de vaca que la idea de estar siendo constantemente observado. En 2007 un senador colombiano elevó a Tumaco a la categoría de ‘Distrito Especial, Industrial, Portuario, Biodiverso y Ecoturístico’. Pero el único adjetivo realista es el primero, y en su acepción más lamentable. Aclarado el asunto, el grupo retoma sus bolos alimenticios. La adrenalina de la sospecha es otro cliché.

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El tercero de un millón y medio de resultados que ofrece Google si se teclea ‘Buenaventura’ en su buscador es el título de un reportaje de la BBC: “La nueva capital del horror en Colombia”. Este es otro de los pueblos del salvaje oeste colombiano, a orillas del Pacífico, por donde se cruza la violencia en todas sus formas. Buenaventura –cruel paradoja llamarse así- es conocido en el contexto de esta guerra por sus ‘casas de pique’, lugares cerrados y escondidos donde se ejecutan personas luego de desmembrarlas vivas; al final los pedazos son echados al mar. Mientras almorzamos langostinos demasiado fritos, Colón nos explica que en Buenaventura se suma un ingrediente adicional relacionado a los rituales provenientes de alguna región de África, de algún antepasado: se descuartiza un cuerpo para evitar que el alma persiga al verdugo. Pero la superstición indica también que si la familia del muerto amarra un hilo en un dedo de la mano el cuerpo sí logra reunir sus partes para buscar venganza en el mundo de los vivos. Así que ahora los matan, los descuartizan y los queman. Indigestos por el relato y los langostinos, caminamos hacia el cementerio de Bocas de Satinga, un pueblo construido sobre tablones de madera en la orilla del mar, a tres horas en lancha desde Tumaco. Este barrio solo está limpio cuando llueve; pero no, ahora hay un calor enervante y un olor a basura recalentada. Hemos venido a acompañar a un antropólogo forense de la Cruz Roja Internacional que debe tomar muestras de sangre a una anciana que reclama el cuerpo de un hijo suyo, combatiente de las Farc, muerto en un bombardeo; el forense -peruano, por cierto- cruzará ambas muestras de sangre y, si el resultado es positivo, se le entregará el cuerpo. Si no, pasa a las filas de los ‘NN’. Además de los asesinados, los heridos y los desplazados, en Colombia hay otros dos tipos de víctimas: uno está conformado por aquellos cuyos cuerpos nunca son encontrados o son encontrados pero no identificados y engordan la estadística en la categoría de desaparecidos. El otro son las víctimas psicológicas, los traumados, los dementes. Ángel Hernández -hombre curtido, la cara arrugada, el gesto feroz, los brazos fuertes- vio hace una década o más un cadáver avanzando lentamente por el río. Lo recogió y lo analizó: machete, bala, tortura, muerte. Lo enterró en un terreno vacío y se olvidó del asunto. El próximo cadáver que recogió fue sepultado de cualquier manera en el mismo lugar. Han pasado ya varios años de eso. Ángel calcula haber recogido unos 60 cadáveres, más o menos. Pero en los últimos años ya no solo los sacaba del agua para meterlos en un hueco de tierra, sino que les practicaba autopsias (¿quién necesita una autopsia si igual terminará en una fosa común?, ¿para qué abrir el pecho de un hombre que, se ve a simple vista, ha sido asesinado de un disparo en la frente?) con un cuchillo que hasta hoy lleva permanentemente en la mano. “Me los llevaba a mi casa, los ponía en la mesa. Los abría y les echaba gasolina, así no huelen”, me explica mientras me ofrece una naranja que acaba de cortar con ese mismo cuchillo. Ángel vive en una covacha de madera en una callecita de Satinga, al lado de un bar donde –me lo dice él mismo en voz baja- se prostituyen menores de edad. Le pregunto cuándo fue la última vez que recogió un cadáver, pero no me responde; ingresa a su casa y sale con una botella de gaseosa de dos litros, que dentro lleva un feto sumergido en formol. Días atrás él vio a una chiquilla embarazada dando vueltas por una acequia, y cuando se acercó –en lugar de la chica había dos perros mordisqueando algo- lo que encontró fue el feto. Lo llevó a la parroquia para que lo bendijeran antes de enterrarlo, pero el cura lo echó, asqueado. “Y sin bautizar no lo puedo enterrar, así que aquí lo guardo”, dice dándole vueltas a la botella para enseñarme un mejor ángulo. La periodista mexicana Alma Guillermoptrieto, en un libro titulado Desde el país de nunca jamás, comentaba a grandes rasgos lo que había ido encontrando cuando reportaba guerras en Latinoamérica. Luego de pasar varios años caminando sobre cadáveres en El Salvador, Nicaragua y también en Colombia, entendió que la esperanza de estos pueblos es una piel siempre a punto de ser desollada. “Todo es metáfora, y toda muerte es autorretrato”, escribió Alma. Por eso Ángel Hernández le toma fotos a todos los muertos que recoge y las guarda como metáforas nacionales entre las páginas de una copia pirata de la Constitución, porque la suya es una iconografía del horror, el boceto mal hecho de un autorretrato hiperrealista: el último hombre que recogió nunca terminó de nacer y ahora no termina de morir.

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Antonio se llama el jefe de la oficinita de Medicina Legal de Tumaco (me pide que no coloque su apellido), ubicada cerca del cementerio. “¿Entendiste bien el cementerio?”, me pregunta Antonio, y lo que no entiendo es su pregunta. “Ahí está explicada la historia reciente del pueblo”, se responde. Por el desorden, por la superposición de nichos, por la miseria de algunas áreas, por el hecho de que haya en algunos rincones sacos llenos de huesos y cráneos de los muertos cuyas familias no pagaron el nicho, por las calaveras hongueadas de los ataúdes saqueados. Por esa desfachatez de la muerte. Porque en la mayor parte de lápidas –uno saca cuentas- queda dicho que aquí se muere joven. Llevamos dos días en la zona y nadie nos había sabido explicar bien el violento fenómeno que se desarrolla en esta orilla del Pacífico colombiano, hasta que ingresamos al despacho de este médico forense. Él ahora tiene tiempo para conversar porque ya se llevaron los cuerpos de los dos muchachos baleados ayer (el fin de semana hubo más trabajo, fueron cuatro los asesinados). Y esto es lo que cuenta Antonio: hace 15 años –como dice Colón- se vivía sabroso en Tumaco. Había algo parecido a la paz; de hecho, al único delincuente serio todos lo conocían, era ‘Lulito’, un ladrón de cuchillo que le quitaba la plata a los incautos pero no mataba a nadie. Cuando ‘Lulito’ ya era viejo y lento –dicen que ya murió-, a unos kilómetros de aquí, en Llorente, las primeras bandas de narcos se habían establecido en antiguas haciendas y desde allí manejaban sus negocios: traficar drogas con vista al mar permitía controlar mejor el flujo. Entonces se desplegó una forma inusual de violencia y los muertos por ajustes de cuentas aparecían en todas partes, de día, en cualquier avenida. El número de bandas creció, así que hubo que expandirse. Así llegaron a Tumaco. Primero era ‘Lulito’ y después los narcos ultraviolentos y después los militares y después los paramilitares y después las Farc y después el ELN; aquí para resumirlo les dicen “los grupos”. Y ahora todos ellos pelean por este pequeño territorio donde primero se dispara y luego se pregunta. Cuenta Antonio que se empezó a hablar de “masacres” para describir asesinatos en grupo. Y cuenta que en la noche más larga de Tumaco hubo tres masacres, 27 muertos a los que tuvo que abrir y cerrar con un bisturí en esta misma sala en la que ahora él hace el recuento de daños. “Aquí no es la violencia: son las violencias”, me dice al despedirse. Esta noche regresamos al hotel temprano. He comenzado a leer Los ejércitos, de Evelio Rosero; subrayé esta línea: “Es extraordinario; parecemos sitiados por un ejército invisible y por eso mismo más eficaz”. Los grupos, las violencias, los ejércitos… el plural institucionaliza al fenómeno. Ha empezado a llover.

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El lejano oeste de Colombia

Esta violencia -o su plural: violencias- tiene muchas formas. En Tumaco se concentran dos de las más graves: desapariciones forzosas y violencia sexual. Lo que es peor: ambas juntas. Adsumi Freyre era joven y asustadiza cuando, en junio de 1987, le dijeron que debía ir a buscar a su hermano y a su papá, que habían sido asesinados. A su padre lo encontró, a su hermano no. Solo sabe que “unos hombres” lo destriparon; de él solo guarda una foto en sepia y la sonoridad del nombre: Lisímaco Freyre. Años después, Adsumi se casó con un militar. El tipo, traumado por la guerra, veía al enemigo hasta en sus hijos. A ella, su esposa, la violaba sistemáticamente. El círculo de Adsumi jamás se volverá a cerrar.

(El Comercio, 30 de agosto de 2015)


Posguerra en Tumaco

Tumaco, localidad ubicada en la región Nariño, Pacífico colombiano, muestra una de las peores caras de la guerra que se vive en ese país. La confluencia de todos los actores armados de este conflicto (militares, policías, paramilitares, terroristas de las FARC y el ELN, y narcotraficantes) la han convertido en una zona de fuego constante. Mientras en La Habana aún se discuten posibles acuerdos de paz, la guerra en Colombia sigue instalada en los convulsionados márgenes del un país, allá donde la vida avanza a balazos.

(El Comercio, 2 de agosto de 2015)


El cuerpo y la sangre

El derecho internacional humanitario tiene algunas reglas claras. Una de ellas, la más frágil, es el manejo del lenguaje: una guerra puede comenzar o acabar por una palabra mal dicha. En el argot del Comité Internacional de la Cruz Roja, ‘agresión’ es el empleo de la fuerza de un estado contra otro. Una ‘ciudad abierta’ es una localidad no defendida. Le dicen ‘contaminación por armas’ a la existencia de explosivos improvisados o minas. A las personas que combaten les llaman ‘portadores de armas’, no importa si son policías, militares, terroristas o civiles. Lo que más abunda en Tumaco y Bocas de Satinga, dos de los focos de violencia en Colombia, son portadores de armas. Aquí trabaja Roberto.

(Revista Somos, 25 de julio de 2015)

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