Áncash: las postales del desgobierno

Waldo Ríos: relato de un gobierno fugaz

La gestión de Waldo Ríos como gobernador regional de Áncash pasará a la historia como una de las más desconcertantes actuaciones políticas recientes. Heredero de la debacle provocada por César Álvarez, Ríos recién asumió el cargo el 22 de mayo del 2015 y no en enero, como correspondía, porque no había pagado la reparación civil tras la pena de prisión suspendida que recibió por haber recibido dinero de Montesinos. Diez meses después, Ríos está prófugo y con orden de captura. Para los ancashinos, es un grotesco ‘déjà vu’.

(El Comercio, 20 de marzo de 2016)

Foto superior: Rolly Reyna


Estado civil: en emergencia

El 10 de abril del 2014, dos periodistas de El Comercio se reunieron con el entonces gobernador regional de Áncash, César Álvarez, en su oficina de Huaraz. Aquel día, con la mano alzada como si fuera un juicio, Álvarez juró que no había mandado asesinar al ex consejero Ezequiel Nolasco, su más terco opositor, muerto a balazos un mes antes. Terminó la entrevista y los reporteros abandonaron el despacho. A la media hora, Álvarez los llamó por teléfono: le habían notificado una citación fiscal. Oficialmente iba a ser investigado por el crimen. Esa misma tarde, los periodistas buscaron a la hija de Nolasco, Fiorela. Afuera de su vivienda, en un asentamiento humano de Nuevo Chimbote, había seis policías armados y muy alertas. Lo primero que dijo Fiorela fue que le dolía la espalda por tener que usar todo el día un chaleco antibalas, a veces incluso dentro de su casa. Recibía amenazas todo el tiempo. Esos eran los días más críticos de la violencia política y social desatada en la región Áncash, aunque el origen de la ola de crímenes y sicariato se remonta a mediados del 2010.

(El Comercio, 3 de enero de 2016)


Samanco en suspenso

Samanco es un distrito muy discreto y silencioso, ubicado a 40 minutos de Chimbote. El paisaje diario lo componen pescadores que desamarran sus redes después de la faena en los portales de sus viviendas de un solo piso. Es además pequeño: el local de la municipalidad queda a la espalda de la casa donde vivía el alcalde asesinado, Francisco Ariza; a una cuadra, cruzando la Plaza de Armas, viven sus hijos. Algunos de los regidores acusados de participar en el crimen viven a pocos metros. A tres cuadras está el cementerio donde sepultaron a Ariza. Un pueblo chico, el respectivo infierno grande.

(El Comercio, 16-19 de diciembre de 2015)


Lo que se hereda*

Ha cambiado de abogados. Ha cambiado de teléfono varias veces. Ha cambiado sus rutinas. Lo que no ha variado es el número de policías que la cuidan: cuatro, día y noche, todos los días, dentro y fuera de su casa. Tampoco han cambiado los patrones de riesgo: cada cierto tiempo una nueva amenaza llega por teléfono o a través de terceros. En mayo del 2014, César Álvarez, ex presidente regional de Áncash, fue capturado en Lima, y casi al mismo tiempo ella recibió llamadas extrañas. Sin pensarlo mucho dejó su casa en Nuevo Chimbote para buscar un lugar seguro. “Hasta nos dijeron que pondrían bombas aquí”, recuerda. En el último año, desde que mataron a Ezequiel Nolasco, su padre, Fiorela tampoco ha cambiado la costumbre de comprar ropa con una talla extra. Es para que no incomode el chaleco antibalas.

*Cometí un horrible error en la introducción de la nota: allí dice que a Ezequiel Nolasco lo asesinaron el 14 de de enero de 2014, pero en realidad fue el 14 de marzo.

(Revista Somos, 14 de marzo de 2015)


Desgobierno regional

Los chimbotanos -a manera de chiste cruel- dicen que el coliseo cerrado que construyó el Gobierno Regional de Áncash cumple un requisito fundamental: está cerrado. Y está así porque César Álvarez, el presidente de la región (ahora preso), no le pagó la deuda a la constructora y entonces lo que hay ahora son montones de fierros que se oxidan; de coliseo, nada. Estuve en Áncash semanas atrás; después de dos días de llamadas y tocadas de puerta pude reunirme con Álvarez, el centro del problema de una región que tiene demasiada plata, demasiada corrupción, demasiada violencia. Ya intuía algunas cosas que me iba a decir porque en las entrevistas que concedía solía repetir un discurso en el que él era la única víctima. También intuía que iba a levantar la voz a cada rato (de hecho, su jefa de prensa me advirtió que “a veces el ‘presi’ se ofusca, pero tú pregunta, nomás”). Pero lo que vi fue a un tipo disminuido, hasta diría que asustado. Más que la imagen de un mafioso todopoderoso y seguro de sí mismo, me encontré con la de un hombre que no tiene idea de que lo significa gobernar, y que en el camino de su vida política fue embarrándose y arrastrando mierda y media. Durante la entrevista levantaba las manos como cuando alguien juramenta, decía y volvía a decir que ya no postulará, que se aleja de la política, que ya lo sacaron del camino. No sé si se sentía realmente una víctima de las circunstancias o si es un extraordinario actor, pero hacia al final de la entrevista le pregunté -guardando la grabadora, como quien se despide- por qué ya no usa el polo amarillo como ese que lleva puesto en la foto de su escritorio, junto a su hijo. Y Álvarez lloró. Diez segundos de silencio después, me dijo no recuerdo qué sobre el amarillo y la esperanza perdida y cosas por el estilo. Media hora después de la entrevista, cuando yo ya estaba fuera de su oficina, Álvarez me llamó porque se había enterado de de una orden de detención en contra suya para evitar que se fugue. Creo que sentí pena. Esa misma tarde conocí en persona a Fiorella Nolasco, la víctima real, el otro extremo de la historia. Y me dio la impresión exactamente opuesta: a sus 20 años es la mujer más fuerte que he conocido en mucho tiempo. Creo que sentí orgullo.

(Revista Somos, 12 de abril de 2014)

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