Selva que se muere en oro

“Capital del oro peruano”, le dicen al distrito de Huepetuhe, el más antiguo foco de minería en la región Madre de Dios. El sobrenombre contrasta con algunas características geográficas mucho menos halagüeñas: para acceder desde Mazuco, el distrito más cercano, se debe cruzar un río en lanchas semiinformales, y luego atravesar con camionetas 4×4 un territorio que fue antes selva, pero que ahora es una sucesión de cerros pelados, sedimentos y ríos angostos. En la entrada de Huepetuhe se cuentan más de 15 grifos, uno al lado del otro, y un poco más adelante la plaza, cuyo monumento principal es la obvia estatua de un minero. Desde esta plaza, alzando la vista, llama la atención la asfixiante cercanía que hay entre la zona poblada y el área minera, cientos de hectáreas marrones donde se ve un interminable desplazamiento de camionetas, volquetes y retroexcavadoras. Llama menos la atención que en todas las calles de este pueblo se vea el rostro de Keiko Fujimori.

(El Comercio, 29 de mayo de 2016)


Laberinto es uno de los distritos de la provincia de Tambopata, en Madre de Dios. Junto a Huepetuhe y Delta, esta es una de las primeras zonas donde ingresó la minería fluvial, hace más de 50 años. Todos en este pueblo han realizado esta actividad, incluso el alcalde, Julio Luna. Sentado en su despacho, Luna trata de explicar por qué él y las demás autoridades, encabezadas por el gobernador regional Luis Otsuka, se oponen al decreto supremo de la PCM que declara el estado de emergencia en Madre de Dios. “Se ha generado una situación de pánico, un caos social”, alega Luna. El lunes, las dos radios municipales colapsaron por las llamadas que llegaban desde todos los rincones de Laberinto pidiendo explicaciones apenas se enteraron de la medida. Algunos pensaban que la emergencia incluía presencia militar y suspensión de garantías.

(El Comercio, 26 de mayo de 2016)


A fines de la semana pasada, Antonio Fernández Jerí se reunió en Tumbes con autoridades de Perú y Ecuador para analizar trabajos pactados en acuerdos binacionales. El lunes, el asesor de la Presidencia del Consejo de Ministros para asuntos de interdicción de minería ilegal conversó con autoridades y dirigentes mineros de Puno. El martes, antes de comenzar un día normal de trabajo, abrió el diario “El Peruano” y se enteró de que había sido despedido.

(El Comercio, 23 de marzo de 2016)


Hay dos maneras de medir la vida diaria en Madre de Dios desde la estadística. Una es a través del Indicador Compuesto de Actividad Económica (ICAE) del Instituto Peruano de Economía. Este análisis revela que “en el segundo trimestre del 2015 Madre de Dios registró el mayor crecimiento del ICAE a nivel regional con 29,7%. Dicho resultado, muy por encima del promedio nacional, se explica por menores interdicciones a la minería ilegal en la región, lo cual permitió la recuperación de la producción de oro”. En otras palabras: a menos interdicciones, más oro; a más oro, mayor riqueza. Pero también se puede medir desde una incómoda ecuación: a mayor riqueza, más criminalidad.

(El Comercio, 11 de diciembre de 2015)


“El gobernador Luis Otsuka quiere la derogación de las normas de control de combustible, de control de maquinarias, de las normas contra la tala ilegal. En otras palabras, el gobernador quiere la impunidad total en Madre de Dios. Allí hay una visión cortoplacista de una persona que cree que hay que destruir la Amazonía”, dice el ministro del Ambiente, Manuel Pulgar-Vidal.

(El Comercio, 23 de noviembre de 2015)


Al centro poblado Bajo Puquiri nadie lo conoce por su nombre. Todos le dicen Delta 1, uno de los focos más antiguos de la minería informal e ilegal de Madre de Dios. La extracción artesanal aquí comenzó hace tanto tiempo que, a diferencia de los campamentos recientes construidos con palos y un plástico azul, en esa localidad hay como una ciudad comprimida con su plaza de armas (que también es paradero y cochera y eventual cancha de fulbito), su mercado, sus ferreterías, un chifa y decenas de bares y burdeles. Pero lo que aquí llama la atención, además, es que muchos de estos locales, sobre todo los clubes nocturnos, han cerrado. La señal es inequívoca: el oro ya casi se acabó.

(El Comercio, 23 de agosto de 2015)


Desde el comienzo de esta semana se empezaba a sentir un movimiento poco usual en las calles de Puerto Maldonado, en Madre de Dios: helicópteros yendo y viniendo, patrulleros cruzando rápido las avenidas, policías desplazándose a pie en grupos pequeños. Y entonces ocurrió. Entre la mañana del martes y el mediodía del viernes, más de 1.500 agentes y unos 40 fiscales participaron en trabajos de interdicción a los campamentos de mineros ilegales en San Gabán (frontera de Madre de Dios con Puno), el sector conocido como Mega 13, y a la altura del kilómetro 107 de la Interoceánica. En las cuatro operaciones llevadas a cabo se cumplían los objetivos planteados para atacar a la minería ilegal. La primera era dejar inoperativa la maquinaria en zonas prohibidas. En San Gabán, por ejemplo, se colocaron explosivos en un tractor valorizado en medio millón de dólares y otros vehículos menores. El segundo propósito era destruir los campamentos que sirven de refugio a mineros: en Mega 13 desalojaron y derribaron cantinas, chozas y tiendas.

(El Comercio, 18 de mayo de 2014)


En los primeros años del siglo XX, un misionero dominico español que no sabía nadar y que no tenía idea de cómo era la selva peruana, navegó cada río de Madre de Dios y se internó en las comunidades indígenas más herméticas, todavía traumadas por ese fenómeno de indios muertos y blancos millonarios que significaron Fitzcarrald y sus barcos y su expansionismo y sus Winchester 44 y su caucho. El misionero se llamaba José Álvarez y había nacido en 1890, el mismo año en que la empresa Dunlop Tyres había comenzado a vender llantas de caucho fabricadas en Escocia, y que dio inicio oficial del ‘boom’ de la época: la paradoja como bisagra en el tiempo. Esta historia o este mito comenzó cuando Álvarez se acercó a un curaca de la tribu de los mashco-piros y pronunció la palabra “huamaambi”, que significa hermano. “Huamaambi”, repitió, y entonces la historia de Madre de Dios giró sobre su eje.

(Revista Somos, 8 de diciembre de 2012)


Había una piscina en Huepetuhe, la única del pueblo. Era parte de un hotel medianamente decente, de cinco pisos, de habitaciones con vista al río. El edificio ahora luce abandonado, torcido hacia un lado y la piscina, que ocupaba el cuarto piso, está ahora en el primero. Los tres primeros pisos están enterrados bajo varias capas de relaves mineros que se han desplazado con el paso de los años. De hecho, ocurre cada cierto tiempo: los habitantes de este pueblo se dan cuenta de que el muro arenoso de contención, que años atrás fue levantado, está próximo a ser sobrepasado, lo que significa el inminente desembalse de los ríos de barro y mercurio seco. Y no hay cómo detenerlo. Hay comerciantes que, bajo lo que es ahora son sus tiendas, tienen acumulados productos –repuestos para camiones, motores, herramientas- que no pudieron recuperar. Y, ni modo, compraron un poco de madera y levantaron un piso nuevo. Y así. La vida no se acaba en Huepetuhe porque hay oro y porque ‘Goya’, el eje de esta economía infestada de ilegalidades, necesita que trabajen para ella. Hay que extraer oro y rápido; luego habrá tiempo para pensar en una nueva piscina.

(Revista Poder, 22 de febrero de 2012)


La minería aurífera en Madre de Dios se inició en la década de 1930, cuando unos pocos pobladores metían las manos al río y lavaban luego el mineral. Los cálculos más conservadores hablan de 150 mil hectáreas de bosques entregadas a la minería artesanal e informal. Todo ha cambiado desde entonces. Cada cierto tiempo aparecen nuevos focos de minería y los ciclos se repiten. Aquí hay dos formas de entender la vida: en gramos y según las estaciones. En gramos, porque es la moneda común; según las estaciones, porque en verano (cuando acaban las lluvias) la oferta aumenta y el precio disminuye. Nada más importa. Junto a Puno y Piura, Madre de Dios reúne las condiciones para ser una región malograda por la minería informal. Desconocido país/en tus puertas/ya me siento torturado, diría Javier Heraud. También el poeta murió aquí, en Madre de Dios.

(El Comercio, 19-21 de abril de 2009)


La pared del fondo en el bar La Sirenita (“cerveza 24 horas”) simplifica en diez palabras color verde fosforescente toda la idiosincrasia de un pueblo chico y chismoso: ‘Dime con quién chupas y te diré de quién rajas’. En esta cantina de Juan Cutipa se celebran a botellazos todas las transacciones de los habitantes de Quincemil, un pueblo que sobrevive gracias a las pocas láminas de oro puro que quedan en sus ríos, un pueblo donde el bochorno del mediodía se mete hasta en los bolsillos, un pueblo en el que no pasa nunca nada. Una pequeñísima aldea clavada en la ceja de selva del Cusco que en los años 60 fue una fuente inacabable de oro, y en los carnavales venía ‘La Bestia Humana’ (al tipo le decían así porque andaba todo el día desnudo, como una bestia) y rociaba oro en polvo a las muchachas más apetecibles, como si fuera papel picado. Pero ahora el único que está ‘picado’ es Juan Cutipa en La Sirenita, tratando de explicar entre sorbo y sorbo que el oro viene bajando, que las elecciones presidenciales movieron el precio, aunque no tiene idea de por qué, que en mayo pagaban 72 soles por gramo y que después de junio solo dan 60 soles y, luego del último trago, que no sabe por qué diablos este pueblo se llama Quincemil.

(El Comercio, 28 de junio de 2006)


¿El Estado tardará en reaccionar ante la minería ilegal tanto como demoró en hacerlo frente al narcotráfico? ¿Es posible formalizar un sector económico que vulnera todas las normas estipuladas? Hasta el momento, las autoridades han enfrentado este complejo problema con un exceso de triunfalismo y con estrategias que demuestran que no conocen cómo opera el enemigo.

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