Apurímac: una historia de Arguedas en Las Bambas

El proceso que se vive en Cotabambas se puede entender desde varios frentes distintos. Por ejemplo, desde Nueva Fuerabamba. Se llega desde Challhuahuacho, el distrito más cercano al yacimiento, a través de una leve montaña y una trocha en mal estado; de pronto aparece, como un espejismo de cemento, una ciudad moderna con casas de dos y tres pisos de material noble, antenas de televisión por cable, jardines, parques, iglesias, escaleras vecinales y pistas perfectamente asfaltadas.

Aquí viven 514 familias que fueron reasentadas en los últimos años por la empresa minera MMG, que opera Las Bambas. El yacimiento se ubica exactamente en el territorio donde antes estaba la comunidad de Fuerabamba.

La empresa compró los terrenos y además reubicó a los comuneros en Nueva Fuerabamba. Llama la atención que muchos habitantes de la zona se desplazan en camionetas 4×4. También llama la atención que algunos de ellos, sobre todo los mayores, no se terminan de acostumbrar al nuevo estilo de vida: cruzan de un lado a otro caminando por el cerro en lugar de utilizar las escaleras; tienen casas con televisor y agua caliente, pero construyen estancias de barro y piedras en lugares cercanos y allí transcurre su día; ellos piden que, al morir, los entierren en el rústico cementerio antiguo, y no en aquel que construyó la empresa.

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También se puede entender el proceso desde adentro de la mina. Aproximadamente cuatro mil personas trabajan en un turno continuo. Operarios de diversas áreas mantienen, como un coro, dos ideas alineadas: aseguran que la relación con las comunidades aledañas es “muy buena y cercana”, y al mismo tiempo que Las Bambas podría ser considerada entre las cinco mineras de cobre más modernas del mundo. Sobre lo primero, voceros de la empresa (en Lima) aseguran que “el proceso de diálogo se mantiene abierto” a pesar de que la ruta principal para el traslado del material sigue bloqueada.

No muy lejos del lugar del bloqueo se ubica la comunidad de Choquecca, otro frente desde el cual se puede entender el complejo fenómeno que vive este territorio de Apurímac. El auto llega por una trocha hasta un conjunto de casas de adobe; lo primero que salta a la vista (y al oído) es que, en comparación con el ruido citadino de Challhuahuacho, solo se escucha a las aves y los perros, eventualmente alguna vaca.

Aquí vivía Quintino Cereceda. Su viuda y sus hijos viajan constantemente a Abancay para realizar trámites relacionados al fallecimiento del comunero, así que quien responde las preguntas sobre el caso es Timoteo Noa, su sobrino y presidente de la comunidad. ¿Ustedes se oponen a la minería?, es una de las preguntas que responde Timoteo, al pie del nicho donde fue enterrado su tío. “No –dice–, pero seguiremos en protesta hasta que la mina quiera arreglar con nosotros”.

No dirá más. El primer aniversario de las operaciones de la mina Las Bambas llega con entusiasmo pero también con incertidumbre, con ánimos aunque con dudas. Parece una historia escrita por Arguedas, ya que hablamos de él.

(El Comercio, 27 de noviembre de 2016)

Foto superior: Ricardo León

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