Otras perlas del Altiplano

La tarde del domingo 13 de noviembre, tres asesinatos sacudieron la ciudad de Juliaca, en Puno. Sicarios mataron a un sujeto en una cabina de Internet y a otro dentro de una pollería; además, una humilde vendedora de comida murió por una bala perdida afuera de este local. Luego la policía informó que se trataba de ajustes de cuentas entre bandas criminales.

Estos crímenes provocaron que los ciudadanos juliaqueños se organicen y convoquen a un paro de 48 horas para protestar por la creciente ola de inseguridad y violencia. En medio de esa protesta, unos 40 locales –entre cantinas y clubes nocturnos– fueron incendiados por turbas, sin que la Policía Nacional pudiera impedirlo. Los manifestantes dijeron que en esos lugares se concentraban los focos de delincuencia.

La reacción del Ejecutivo fue declarar en estado de emergencia por 30 días a la provincia de San Román (que incluye cinco distritos, entre ellos Juliaca). A nivel local, el alcalde de Juliaca, Oswaldo Marín Quiro, anunció la implementación del Plan Zanahoria y la venta de bebidas alcohólicas solo está permitida hasta la 1 a.m. por disposición municipal. Pero eso no ha logrado controlar la situación

(El Comercio, 26 de diciembre del 2016)


El apogeo del narcotráfico en Puno se puede explicar a partir de hechos concretos ocurridos en los últimos meses. A fines de abril del 2014, el entonces fiscal especializado en Tráfico Ilícito de Drogas de Puno, Lincoln Fuentes, mencionó que había hasta seis bandas organizadas que trafican en rutas que cruzan Ayacucho, Apurímac, Ica, Puno y Bolivia. Pero por aquellos días el flujo se había desviado notoriamente hacia Brasil: en vísperas del Mundial de Fútbol los narcos peruanos jugaban un intenso partido aparte. Tiempo después, el 27 de setiembre del 2014, una mujer que controlaba gran parte del negocio vivió un día extraño: Benita Vilca se casó en el templo La Merced, en Puno, pero al salir de la iglesia fue detenida por la policía. Conocida como ‘La Chata’, ella tenía cerca de 20 requisitorias por tráfico de drogas (en el 2002 había sido capturada cuando viajaba a Bolivia con 200 kilos de cocaína, pero luego fue liberada). Vilca fue llevada a la comisaría con el vestido de novia aún puesto.

(El Comercio, 6 de noviembre de 2015)


Una pampa puneña es el escenario perfecto para una historia de muertos silenciosos. La noticia llegó a Lima hace casi una semana y el escándalo está aún fresco en las comunidades campesinas del distrito de Taraco, en la provincia de Juliaca, en Puno, donde la justicia a estas alturas es un concepto amorfo. Los últimos días han sido fugaces para Gerardo Parisuaña. Su hijo fue linchado por una turba de campesinos de una comunidad vecina que lo acusaba de abigeo. Hay dos versiones disímiles sobre el crimen: en una de ellas la propia turba tortura y asesina al menor, y en la otra –más tenebrosa aún–Gerardo es amenazado y obligado a tirar de la cuerda para matar a su hijo. La figura legal se columpia entre un asesinato grupal y un filicidio, pero igual termina en un adolescente de 16 años con el cuello sujetado por una cuerda y dos bloques de adobe bajo los pies. Una patada a los bloques de adobe, un cuerpo agitándose y luego una muerte sin DNI.

(El Comercio, 2 de setiembre de 2007)

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