Fin de la guerra en el Alto Huallaga

Las balas pedidas de ‘Artemio’

La nota de prensa que el Poder Judicial envió la tarde del martes pasado tiene algunas imprecisiones. “El Colegiado A de Sala Penal Nacional inició esta mañana el juicio oral contra el dirigente de Sendero Luminoso Florindo Eleuterio Flores Hala, (a) Camarada Artemio, por su presunta autoría en varias emboscadas terroristas perpetradas durante 1996, en la región del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem)”, se lee en el documento.

Los asesinatos de policías y militares que ‘Artemio’ ordenó y planificó no solo fueron perpetrados en 1996, sino a lo largo de casi tres décadas, hasta su captura en el 2012. Además, ninguno de estos atentados y emboscadas se registró en el Vraem –donde el cabecilla senderista no tenía presencia alguna–, sino en la región del Alto Huallaga, el territorio que controló y donde se escondió.

El Ministerio Público acusa a Flores Hala del asesinato de un total de 56 efectivos del Ejército, 43 policías y 32 civiles.

(El Comercio, 9 de julio de 2017)


Ecos de la posguerra: nueva vida en el Alto Huallaga

A fines de los años 80, Hidalgo vio de cerca cómo el terrorismo ahogaba al Alto Huallaga; años después, él ve cómo se está desaprovechando una ocasión para cambiar su propia historia. Según dice, el problema actual no es económico ni policial, sino generacional: esta es una región eminentemente agrícola pero los jóvenes, hijos del conflicto, dejan el campo y se internan en las ciudades para estudiar o trabajar. “Hemos estado malacostumbrados a la economía que dependía de la coca. Todos hemos vivido de eso. Ahora estamos en tiempos difíciles y no se está aprovechando el campo”, dice Hidalgo. Toca ahora ganar la posguerra.

(El Comercio, 11 de junio de 2017)


Ser o no ser en la violenta Madre Mía

Desde la puerta de la bodega se ve, sobre una colina, la base militar que comandó el ‘Capitán Carlos’ hace 25 años. El Comercio recorrió esta base, hoy abandonada y bajo el control de la policía local. Lo que el monte no ha destruido, la humedad ha dañado, aunque quedan en pie las habitaciones donde los soldados comían, dormían y hacían ejercicios. En una de ellas, la más grande, se lee en la fachada: “La conciencia nos hace cobardes”. Tiene un oscuro sentido si se lee en una base contraterrorista, aunque en realidad pertenece al mismo soliloquio de “Hamlet” que comienza con “Ser o no ser…”. Curiosa paradoja si se compara con la tragedia de Madre Mía, donde elegir a qué bando se pertenecía no era una opción.

(El Comercio, 7 de mayo de 2017)

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‘Artemio’ y las postales de una histórica captura

Por primera vez en estos cinco años, el jueves de esta semana se reunieron en un restaurante de San Borja los diez integrantes del equipo policial que logró la captura después de un trabajo paciente y muchas veces entrampado que comenzó en el 2006. En la cita estuvo el viceministro de Orden Interno, Rubén Vargas. Se proyectó una exposición de los hechos ocurridos aquellos días del 2012, luego hubo un discurso de Vargas y un brindis. Cuando acabó el almuerzo, se retiró el viceministro. Entonces quedaron solo los agentes. El grado de intimidad que subsiste entre ellos es conmovedor.

Como cuando trabajaban en equipo para perseguir a ‘Artemio’, tomaron las riendas de la reunión el coronel PNP Harvey Colchado ‘René’ y el comandante PNP Walter Lozano ‘Bica’. Las anécdotas no se terminaban, el vino tampoco. Conversaron, entre otras historias –algunas más trágicas, otras más cómicas–, sobre lo que ocurrió segundos antes de la foto que se tomó Humala con el rostro serio y la camisa remangada al lado de ‘Artemio’, capturado y herido.

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(El Comercio, 12 de febrero de 2017)


Después de la emergencia

En enero de este año la policía capturó, en un caserío del distrito de José Crespo y Castillo (Huánuco) a Teófilo Guerra Fuente ‘Yuliño’, un integrante de Sendero Luminoso en el Alto Huallaga que había participado en diversos atentados. Según sus captores, ‘Yuliño’ por esos días intentaba reagrupar a los remanentes del senderismo que quedaron dispersos tras la captura, en febrero del 2012, de Florindo Flores ‘Artemio’. También este año, en julio, fue detenido Ever Cabanillas Chuquilín ‘Cajacho’, otra pieza faltante en el rompecabezas terrorista que las fuerzas del orden intentan desarmar. Lo encontraron cerca de la localidad de Yanajanca, antiguo bastión de ‘Artemio’. Cuando lo detuvieron, ‘Cajacho’ hacía un reglaje a policías de la zona. Es probable que preparara un ataque, solo o con otros terroristas. Semanas atrás, el presidente Ollanta Humala viajó a Huánuco y ratificó la propuesta de dejar sin efecto el estado de emergencia en el Alto Huallaga, una región casi controlada por el narcotráfico y el terrorismo durante los últimos 30 años. “La etapa de violencia ya pasó”, dijo Humala. ¿Es posible pensar en un eventual rebrote de Sendero Luminoso en esta zona? ¿Este territorio está totalmente asegurado? Según diversas fuentes policiales, militares y civiles consultadas, este grupo terrorista quedó prácticamente anulado tras la captura de ‘Artemio’.

(El Comercio, 18 de setiembre de 2015)


Las cicatrices del Huallaga

Herido, con una pierna amputada y con el nuevo rango de suboficial brigadier de la policía, la única razón por la que Agustín Soto quiso regresar al Alto Huallaga después del ataque fue encontrar la respuesta a su pregunta más íntima: ¿Por qué yo me salvé? Agustín solo recuerda que esa tarde del 20 de diciembre del 2005 él iba en el asiento posterior de una camioneta policial que se dirigía de Tingo María a Aucayacu, cuando sonaron disparos, una explosión y gritos prolongados de los atacantes y de los atacados. Se asomó al asiento del chofer, que ya estaba muerto; quiso salir del vehículo, pero la pierna no le respondía. Los minutos siguientes transcurrieron entre la inconsciencia y la fuerza de voluntad. Cuando despertó la primera vez, tenía a dos compañeros suyos encima, muertos. La segunda vez quiso coger el fusil, pero no podía pararse. La tercera vez que volvió en sí vio frente a sus ojos un arma y escuchó una voz: “Apura, ¡mátalo!”; luego otra voz: “No le disparen, déjenlo ahí”. Cuando volvió a abrir los ojos, había abejas a su alrededor, atraídas por la sangre. Cuando despertó del todo, ya en Lima, una pierna le había sido amputada. Pronto supo que sus ocho compañeros habían fallecido. Allí surgió la pregunta: ¿Por qué yo me salvé?

(El Comercio, 12 de setiembre de 2015)


“Se han demorado en levantar el estado de emergencia en el Alto Huallaga”

“Ya el terrorismo no es una amenaza para el Estado, y nos parece importante devolver el Estado de derecho a una región que durante 37 años estuvo en emergencia”, dijo el presidente Ollanta Humala el 30 de junio en Yanajanca (selva de Huánuco). El mandatario insistió en la idea de levantar el estado de emergencia en el Alto Huallaga, una zona golpeada durante décadas por el narcotráfico y el terrorismo. Precisamente, Yanajanca fue uno de los bastiones de Florindo Flores Hala, ‘Artemio’, el cabecilla de Sendero Luminoso en esta región, capturado en febrero del 2012. Apenas tres meses antes, en diciembre del 2011, el periodista Gustavo Gorriti lo entrevistó en un campamento escondido en la selva.

(El Comercio, 6 de julio de 2015)


La guerra sin fin en el Alto Huallaga

Yanajanca es un pueblito casi aislado en el Alto Huallaga. Fue hasta hace poco el bastión de ‘Artemio’ y uno de sus puntos de refugio, cuando bajaba del monte de vez en cuando y venía hasta aquí para descansar un poco y abastecerse de comida o medicinas. Él sabía que la policía no iba a entrar a Yanajanca. Estuvimos en su casa, una cabaña de madera pelada, cerca de la trocha; en el piso había un montón de hojas de coca secándose, seguramente luego irían a una poza de maceración, después se convertirían en pasta básica de cocaína. Cuando el fotógrafo Dante Piaggio se acercó un poco para buscar un mejor ángulo, apareció una mujer baja, huesuda, le preguntó a gritos quién era, le exigió que se identifique. Dante le mostró su credencial de periodista y la mujer anotó su nombre y número de DNI con un palo de madera sobre el piso de tierra, al lado de la coca: cruda metáfora. Sin decirle nada, pero mirándolo, lo amenazó. Uno de los policías que capturaron a ‘Artemio’ me lo resumió así: en el Alto Huallaga la guerra todavía no ha terminado.

(Revista Somos, 15 de junio de 2013)


Hoja sin ruta

Corvinilla Alta es uno de esos caseríos alejados y silenciosos donde la vida ha transcurrido siempre en torno a la siembra de hoja de coca, como tantos otros en el valle del Monzón. Meses atrás, su agente municipal Javier Martell se animó a llamar a la comisaría de Palo de Acero, a cuya jurisdicción pertenece, para invitar a los policías a una ceremonia en este pequeño pueblito ubicado en el valle del Monzón, en la ceja de selva de Huánuco. Contestó el teléfono el mayor PNP Wilber Portella, que aceptó la invitación. El día de la ceremonia, después del izamiento oficial y el himno, Martell comentó que la última vez que había visto una bandera peruana colgada en su caserío él tenía 8 años. Ahora tiene 40. En toda su historia reciente, el Monzón ha estado siempre bajo algún dominio. El de las drogas, el de los dirigentes cocaleros, el del terrorismo, el de la pobreza. En los últimos dos años es el Gobierno el que quiere controlar una zona que le fue siempre difícil. Está a punto de lograrlo, pero también está a punto de perderlo.

(Revista Somos, 14 de junio de 2014)


Una guerra desigual es más difícil

Julio de 2009: unos 60 policías bajo el mando del comandante PNP Alexis Bahamonde se trasladaron en seis camionetas a la localidad de Río Espino, a 42 kilómetros de Tingo María, en el valle del Monzón. En pocas horas destruyeron cinco laboratorios de pasta básica de cocaína e incautaron casi una tonelada de ácido sulfúrico y dos motos. Todo a pesar de las limitaciones de las que fui testigo (que en el trayecto -de madrugada- se malograra un vehículo en una zona riesgosa fue más que una simple anécdota).

(El Comercio, 27 de julio de 2009)


Fuego cruzado en el Alto Huallaga

“Todos lo vieron”. Un periodista local observó el crimen a pocos metros de distancia: él llegaba con sus dos hijos al jirón Huaraz, en el centro de Aucayacu; ahí queda el colegio Wiracocha, donde un grupo de vecinos se reúne a jugar fulbito. Juan Carlos Simón Urday (28) también iba a ingresar al local, también iba a jugar fulbito, pero aparecieron dos sujetos a bordo de una moto y se desató una escena de violenta rapidez (y viceversa): alguien sacó un arma, le apuntó a la cabeza, disparó, la víctima acusó el golpe, otro disparo, la víctima cayó, silencio, asomaron los curiosos. La vida es muerte que viene, diría Borges. En el Huallaga, esa muerte viene en moto.

(El Comercio, 1 de marzo de 2009)


Aquí donde el Estado es una entelequia

En Aucayacu y sus alrededores no se puede jugar a ser anónimo. Aquí el calor y la polarización son como dos formas constantes de vida: el calor porque en el Alto Huallaga incluso las noches queman, y la polarización porque si uno va haciendo inocentes preguntas por el camino el más común de sus habitantes pensará que es un policía disfrazado de civil o un civil disfrazado de lugarteniente de algún narcotraficante. Algo disfrazado de alguien, siempre. Un carnet de periodista puede servir como salvoconducto a veces, pero aún así los altísimos índices de desconfianza se mantienen inalterables y rígidos. Igual que los termómetros.

(El Comercio, 9 de diciembre de 2007)

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4 Comments

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  1. Muy bueno Ricardo. Saludos y Felicitaciones.

  2. La hoja de coca seca no se procesa para cocaína, maestro

    • Miguel Pezzini 11 mayo, 2017 — 7:55 PM

      La hija de coca se seca, se procesa para sacar pasta básica y luego se sigue otro proceso donde la pasta se convierte en clorhidrato de cocaina. La coca no es cocaina pero, lastimosamente los narcos extraen La cocaina de ella.

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