El fuego de la coca

La guerra en círculos

Ningún cabo está suelto en una guerra circular, prolongada y difícil como la que se vive en el Vraem. Es 9 de agosto del 2018, al mediodía; hace unas horas, el suboficial de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) Elmer Audiencio Quispe Ríos ha sido sembrado junto a su patrulla en un sector de Virgen Ccasa, en la selva alta de Huanta (Ayacucho). El equipo de fuerzas especiales que integra está persiguiendo desde hace días a una columna terrorista, se presume que al mando está ‘Antonio’, el cabecilla de Sendero Luminoso en la zona. No lo ven, pero lo sienten.

El joven soldado sabe que ningún momento es tranquilo y ningún lugar es seguro, eso lo ha aprendido desde chico. Es 6 de enero del 2007, por la tarde; en Colcabamba, el distrito de la provincia de Tayacaja (Huancavelica) donde nació, Elmer Audiencio celebra sus 15 años. Quizá hay alguna fiesta, es época de vacaciones, no hay clases mañana. En los días posteriores, el pueblo será mencionado en las portadas de todos los diarios nacionales.

Es 11 de enero del 2007, por la noche; un movimiento extraño de policías de la comisaría de Colcabamba enmudece al pueblo. Ha llegado caminando el suboficial PNP Simón Oré, está muy mal herido; cuenta a los demás agentes que a pocos kilómetros de distancia fue emboscado por terroristas cuando patrullaba con su compañero, el suboficial Eyner Cahuaza. A este lo encuentran muerto, tiene 20 balas dentro del cuerpo, también esquirlas de granada. Nada es tranquilo, nada es seguro.

El policía Cahuaza provenía de Rupa Rupa (Huánuco), uno de los territorios que estaban casi dominados por otra facción de Sendero Luminoso, la del Alto Huallaga, que comandaba Florindo Flores ‘Artemio’, y que aún no se libera del todo de su estigma. El suboficial nació en un bastión terrorista, murió en otro.

Esta historia avanza dibujando círculos: es 15 de agosto del 2018, por la tarde; en una calle de Rupa Rupa, el pueblo natal de Cahuaza, la policía captura a Alex José Pimentel Vidal, un sujeto que difundía a través de Facebook y YouTube videos de los integrantes de Sendero escondidos en el Vraem, esos mismos a los que días antes ha enfrentado Elmer Audiencio.

Es jueves 9 de agosto, a mediodía; el suboficial de la FAP tiene ahora 26 años y no está en las alturas de su natal Colcabamba sino en las lomas nubosas del Vraem, en Virgen Ccasa. Se topa con la columna senderista. ¿Está ‘Antonio’ entre ellos? No se ven, pero se sienten. El joven soldado recibe un balazo. Él también ha nacido en un bastión terrorista y ha muerto en otro.

El suboficial de la Fuerza Aérea del Perú, Elmer Audiencio Quispe Ríos, recibió un balazo durante un enfrentamiento con una columna terrorista en Virgen Ccasa (Ayacucho). Su cuerpo fue traído a Lima. (Foto: Mindef)
‘Antonio’ (de sombrero) es el cabecilla de Sendero Luminoso que opera en Virgen Ccasa y otros sectores de la provincia de Huanta, tras la muerte de ‘Alipio’. (Foto: El Comercio)
En el 2015, la Brigada Lobo informó que ‘Antonio’ había muerto en un operativo en Virgen Ccasa, aunque se dijo que el cuerpo no fue recuperado. Poco después esto fue desmentido y ‘Antonio’ siguió operando. (Foto: El Comercio)

Es 11 de agosto del 2018, recién ha amanecido; si los jefes del Comando Especial del Vraem no estuvieran coordinando la extracción en helicóptero del cadáver del suboficial Quispe, de la FAP, estarían celebrando otro aniversario del golpe más duro que se ha asestado a Sendero en los últimos tiempos. Exactamente cinco años antes, una cuidadosa operación de inteligencia derivó en un sorpresivo ataque a una columna terrorista que se desplazaba por las partes altas de Llochegua, otro distrito de Huanta.

Es 11 de agosto del 2013, es de noche; Orlando Borda Casafranca ‘Alipio’, el segundo mando militar de la facción senderista en el Vraem, está acompañado de Marco Antonio Quispe Palomino ‘Gabriel’, hermano menor de Víctor y Jorge Quispe Palomino, conocidos como ‘José’ y ‘Raúl’, los cabecillas de este grupo terrorista. En una rústica vivienda del caserío de Pampas, ‘Alipio’, ‘Gabriel’ y otro sujeto conocido como ‘Alfonso’ descansan y ven televisión. En los alrededores, el resto de la columna –unas 20 personas- espera y vigila.

Pocas horas después, una explosión retumba en el pequeño pueblo, ubicado sobre una loma. Los tres hombres que veían televisión mueren y sus cuerpos quedan calcinados. Luego se escuchan balaceras, persecuciones, gritos. Cuando dos días después un equipo de El Comercio llega a Pampas, el pueblo sigue semivacío y cubierto de cenizas.

Días antes de ese ataque, ‘Alipio’ y ‘Gabriel’ habían alardeado de su control en ciertos espacios del Vraem. Es 23 de julio del 2013, es temprano por la mañana; la columna terrorista se desplaza por el sector donde se ejecutan las obras de construcción de la carretera San Francisco-Quinua, es decir, el Vraem con Huamanga y otras importantes ciudades ayacuchanas. Queman toda la maquinaria, agreden a los trabajadores y reparten volantes escritos a mano con letras negras: “Muerte a los soplones y espías angurrientos”, y amenazas por el estilo que incluyen “la pena capital”. Como toda firma, se lee: “Partido Comunista del Perú”. Es su último acto terrorista.

‘Alipio’ murió y Sendero buscó quién lo reemplazaría, quién ejercería presencia en sus territorios. Se asignó a ‘Antonio’ (no se sabe aún su verdadera identidad). Es 2 de noviembre del 2013, al amanecer; en varios pueblitos del Vraem aparecen volantes impresos con una foto de ‘Antonio’. Calza botas de jebe y está parado junto a un grueso árbol en medio de la selva; lleva en los brazos un fusil. En un breve texto se lee: “Es estratega y táctico proletario por estudio haciendo estudiar y debatir al contingente y por prepararse preparando al contingente” (sic). El texto no se entiende, pero sí el mensaje entre líneas: a menos de tres meses de la caída de ‘Alipio’, los hermanos Quispe Palomino quieren aparentar que el golpe ha sido superado y que no se han replegado.

El nuevo objetivo militar de las Fuerzas Armadas es, entonces, ‘Antonio’. Ha habido intentos ambiciosos por atraparlo o abatirlo. Hace pocos años, apelando otra vez a la inteligencia militar, un equipo de hombres –a cargo de la llamada ‘Brigada Lobo’, luego desactivada- se hizo pasar por ingenieros civiles que preparaban alguna obra en la selva alta ayacuchana, para lo cual había que pagar cupos a Sendero. Quien cobraba esos cupos era ‘Antonio’. Los ‘ingenieros’ hicieron uno o dos pagos al senderista para ganar su confianza y para ir analizando los detalles del futuro golpe: armamento, número de integrantes de la columna, modos de desplazamiento.

Es 2 de setiembre del 2015, por la tarde. Hoy toca reunirse otra vez con ‘Antonio’ para pagar otra cuota del cupo. En la camioneta en la que viajan los dos ‘ingenieros’ están escondidos otros dos hombres y armas suficientes como para un enfrentamiento breve pero intenso. Cientos de metros atrás, otro equipo policial y militar brindará apoyo apenas se escuchen los primeros disparos. Los audaces comandos no cuentan con que ‘Antonio’ ha desplegado grupos de vigilancia en varios sectores de la trocha donde se encontrará con los ‘ingenieros’.

El enfrentamiento es intenso, pero no breve: cinco militares resultan heridos (dos de ellos van en un helicóptero que llega de refuerzo, y que recibe disparos desde una loma), al igual que un número no preciso de terroristas. Estos huyen y dejan tiradas armas, pertrechos y mochilas. ‘Antonio’ resulta herido; en un inicio se informará que ha muerto, aunque no fue así.

Todo esto ocurre en un paraje Virgen Ccasa, muy cerca de donde tres años más tarde –la semana pasada- el suboficial Quispe, de la FAP, recibirá un balazo y morirá cuando su patrulla perseguía a ‘Antonio’. Habrá nuevos enfrentamientos en la zona, sin duda. En el Vraem, perder territorios como este, ubicado en las estratégicas alturas nubladas de Huanta, sería para Sendero una gruesa derrota geopolítica. Esta guerra es y será larga.

En un cuaderno hallado en la zona donde ‘Antonio’ fue enfrentado, se lee: “Es estratega y táctico proletario por estudio haciendo estudiar y debatir al contingente y por prepararse preparando al contingente”. (Foto: archivo)
‘Antonio’ se desplaza por la selva alta de Huanta con un grupo de terroristas armados. El clima y la geografía de la zona hacen difícil y riesgoso el ingreso de las Fuerzas Armadas a este sector. (Foto: El Comercio)

Es 28 de julio del 2018, al amanecer; en Lima, el presidente Martín Vizcarra en unas horas pronunciará su discurso por Fiestas Patrias. Son 36 páginas; en la página 30, dice: “Las Fuerzas Armadas en forma conjunta con la Policía Nacional han realizado diversas operaciones militares en la zona del Vraem contra las organizaciones terroristas y narcotraficantes; en lo que va del año se ha logrado recuperar armamento y destruir 106 laboratorios clandestinos. Además se decomisaron cinco toneladas de insumos químicos y casi cuatro toneladas de clorhidrato de cocaína…”.

A esa hora, en el Vraem, un buen número de policías antidrogas de Mazamari y un equipo de la Marina de Guerra, se desplazan frenéticamente, pero con extrema cautela, por los alrededores de la comunidad indígena Coriteni, en la selva de Satipo (Junín). Saben por informes de inteligencia que una carga de droga viaja en una embarcación por las aguas del río Tambo, y van a intervenirla. El bote va camino a Atalaya (Ucayali), donde la droga será colocada en una avioneta rumbo a Bolivia.

Encuentran el bote en la orilla, pero no hay nadie; sus ocupantes olieron el peligro y han huido. Debajo del piso los policías encuentran, bien escondidos, 248 paquetes rectangulares. Luego harán el pesaje y el análisis químico: 266 kilos de cocaína de alta pureza. Los agentes de la Marina, usando tres embarcaciones Hovercrafth, remolcan el bote, ahora por el río Perené; los policías, desde otra nave, miran a las orillas, también a ellos los están mirando. En Lima, el presidente ya comenzó su discurso

En la mayoría de localidades del Vraem, la vida económica depende casi de un solo factor: el precio de la hoja. Sus fluctuaciones alteran también el precio de la pasta básica de cocaína y del producto final más obvio, el clorhidrato de cocaína. Por estos días, debido a la presión que se ejerce en las pozas de maceración de hoja de coca, en los circuitos del traslado de insumos químicos y en los puntos de transporte de la droga, como los ríos Tambo y Perené, el delito se ha encarecido. La captura de un bote con 266 kilos de cocaína es una enorme pérdida económica.

Es 28 de julio, a media mañana. Los agentes han navegado dos horas por el Perené, y el bote se atasca en un islote. Ahora se invierten las funciones: los policías antidrogas cargan los paquetes en sus embarcaciones, y los marinos desde sus Hovercrafth miran a las orillas, también a ellos los están mirando. La tensión crece: algún narco ha perdido mucha droga, ha perdido mucho dinero. Los botes retoman su curso.

Esta inflación tiene efectos colaterales: uno de ellos es que los traficantes necesitan proteger a toda costa sus laboratorios de droga y trabajar en zonas inexpugnables para la policía y los militares; sus socios en esta defensa son columnas senderistas como la de ‘Antonio’. Es 28 de julio, a mediodía; el presidente Vizcarra pronto acabará su discurso. Ahora dice: “(…) se ha planteado una estrategia más firme y ofensiva en la lucha contra los remanentes de la organización terrorista Sendero Luminoso, intensificándose las operaciones de control territorial”. Una de las zonas del Vraem donde más laboratorios de cocaína hay que proteger, y donde más territorios están en disputa, es la selva de Huanta, allí donde unos días después, el 9 de agosto, a mediodía, el suboficial Elmer Audiencio Quispe Ríos recibirá un balazo y morirá. Ningún cabo está suelto en esta guerra.

Paralelamente a estos enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso, el Vraem vive una situación particular por el aumento considerable del precio de la hoja de coca. (Foto: Ricardo León)
La hoja de coca se siembra en prácticamente todo el Vraem. En su tránsito hacia las pozas de maceración, es común la presencia de columnas armadas de Sendero Luminoso. (Foto: PNP)
Los narcotraficantes llevan hacia los laboratorios de droga pasta básica e insumos químicos para transformarla en cocaína. Estas botellas contienen pasta básica lavada halladas dentro del tanque de una camioneta. (Foto: PNP)
El Vraem es la zona de mayor producción de hoja de coca y de cocaína en el Perú. En toda la zona hay desplegados más de 7 mil agentes de la policía y las Fuerzas Armadas.

(El Comercio, 21 de agosto de 2018)


La inflación de la coca

En la mayoría de localidades del Vraem, la vida económica depende casi de un solo factor: el precio de la hoja de coca. Por estos días, debido a la presión que se ejerce en las pozas de maceración de hoja de coca, en los circuitos del traslado de insumos químicos y en los puntos de transporte de la droga, la hoja alcanzó el precio más alto de estos últimos años. La arroba de hoja de coca (11,5 kilos) se vendía en marzo a S/80 o S/90, y hoy cuesta S/130. La pasta básica pasó de US$800 a US$1.000, y la cocaína de US$1.000 a US$1.200.

(El Comercio, 19 de agosto de 2018)


Los ríos prohibidos

La foto principal de esta página fue tomada la mañana del martes 27 de marzo en un sector del centro poblado de San Agustín, ubicado en el distrito de Santa Rosa, en la ceja de selva de Ayacucho. La zona pertenece al Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), y es uno de los más antiguos y activos centros de producción de pasta básica de cocaína.

En Santa Rosa, la actividad económica principal es más o menos obvia: las colinas que rodean la localidad están cubiertas de hoja de coca, y escondidas entre ellas están las pozas de maceración, donde se produce pasta básica; esta luego es enviada a otros puntos del Vraem, donde se procesa y se convierte en clorhidrato de cocaína. El mismo procedimiento, todos los días.

Pero volvamos a la foto: lo que el agente muestra ante la cámara es un costal de ácido sulfámico, uno de los muchos químicos empleados para procesar el alcaloide de cocaína. Tiene una particularidad: a diferencia de la cal (cuando no la hay, se utiliza cemento) y el kerosene, el ácido sulfámico es irreemplazable y, más bien, combina algunas propiedades del ácido sulfúrico y muriático, de la lejía y del ácido fórmico. La dificultad para obtener ácido sulfámico hace que su precio sea alto y su comercialización, un atractivo negocio. En el Vraem, la química va de la mano con la matemática.

(El Comercio, 31 de marzo de 2018)


Así se forma a un senderista

No se sabe con exactitud cuántos menores de edad permanecen aún secuestrados en campamentos de Sendero Luminoso. El Ministerio Público tiene información, aunque no demasiado precisa, sobre la presencia de grupos en los alrededores del río Ene, en la selva de Junín, no muy lejos de la ciudad de Satipo. El Ejército conoce de otros grupos establecidos en las alturas de Junín y Huancavelica. De la población en cautiverio, un número importante fue extraído a la fuerza de comunidades indígenas asháninkas, y también de zonas campesinas andinas, especialmente en la década del 90. La distancia en el tiempo hace imposible saber con certeza cuántos de estos ‘pioneritos’, como se les conoce, son hijos de mandos terroristas, porque obviamente no son registrados al nacer.

Si la búsqueda genealógica es difícil, la investigación policial es aún más delicada: no se sabe cuántos de estos menores pueden ya ser considerados terroristas.

(El Comercio, 8 y 9 de diciembre de 2017)


El tiro por la culata

El colegio militar Anccohuayllo se ubica en la avenida Tumayhuaraca, cerca de las faldas de un cerro en Andahuaylas, una ciudad de Apurímac que en la última década se ha consolidado como ruta de salida de la droga que se produce en el Vraem, lo que ha generado un crecimiento urbano y económico por lo menos inquietante. Con frecuencia llegan noticias de decomisos de clorhidrato de cocaína en sectores de esta localidad. En uno de los casos más recientes, reportado en marzo, la policía decomisó 200 kilos en una camioneta; solo lleva tal cantidad de droga por carretera alguien que confía en la impunidad de la zona. Andahuaylas es también cuna de ‘mochileros’. Por eso, de los más de 300 presos en la cárcel local, hay decenas de jóvenes que llevan la cocaína en mochilas por un pago en dólares a cambio. En un escenario como aquel, un colegio militar funciona acaso como una contraparte. El lema del colegio Anccohuayllo es “Moralidad, disciplina, trabajo”.

Allí trabajaba como instructor el suboficial del Ejército Eddy Rafael Carrasco Cáceres. El domingo pasado, muy lejos del lugar, en una carretera de Tacna, Carrasco fue detenido por la policía cuando conducía un auto junto a un menor de edad. En el vehículo había escondido, en paquetes idénticos, 36 kilos de cocaína.

(El Comercio, 3 de diciembre de 2017)


No hay tregua para Lochegua

De todo el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), Llochegua, ubicado en la selva de Huanta (Ayacucho), es uno de los distritos más vulnerables y peligrosos. Cada cierto tiempo, con una regularidad casi perversa, llegan desde esta localidad noticias relacionadas al narcotráfico y el terrorismo o a una suma de ambos. Los primeros episodios violentos en Llochegua comenzaron tres décadas atrás; los más recientes se registraron hace apenas dos semanas.

Mientras en Lima y varias otras regiones se discute sobre la presencia de grupos afines a Sendero Luminoso en la huelga docente, en Llochegua esta presencia y esta guerra se viven en primer plano.

(El Comercio, 20 de agosto de 2017)


Unas de cal, otras de cemento

Palmapampa es un pequeño pueblo del distrito de Samugari (provincia de La Mar, Ayacucho) en el que, como otros tantos en el Vraem, la población vive básicamente de la siembra de hoja de coca con un destino obvio.

La historia de Palmapampa es tan breve como crispada: recién en la década de 1960 se abrió una ruta fluvial hacia este lugar (antes se llegaba a pie por caminos de herradura desde la sierra ayacuchana). En 1982 ocurrieron dos hechos trascendentales para esta localidad: se abrió la primera carretera de acceso y, tiempo después, llegó Sendero Luminoso. El desarrollo comercial avanzó al mismo tiempo que la violencia terrorista. En 1984, el histórico Comité de Autodefensa de Palmapampa, junto al de la vecina localidad de Pichihuillca, logró que retrocediera el senderismo en una gesta memorable.

Cuando en los años 90 el narcotráfico amplió sus dominios a casi todo el Vraem, la demanda de hoja de coca se elevó. Palmapampa, un pueblo pobrísimo por donde se lo mirara, se volcó a este cultivo. Los cerros leves que rodean la entrada al pueblo están completamente cubiertos de la planta. En el parque central (en realidad son montículos de tierra baldía con palmeras secas alrededor) el 80% de locales comerciales vende abonos y productos químicos para mejorar la siembra y asegurar una cosecha rentable.

Palmapampa, por ser una localidad incorporada casi por completo en los primeros eslabones de la producción de droga en el Vraem, funciona como un termómetro: lo que ocurre allí sucede también en el resto del valle. Y lo que ocurre aquí actualmente es que los fabricantes de pasta básica de cocaína (que en otros laboratorios se convertirá en clorhidrato de cocaína) están reemplazando, de manera masiva y sostenida, varios insumos químicos fiscalizados (IQF) y con ello evaden los controles.

(El Comercio, 20 de abril de 2016)


Viaje al centro de la guerra

El bote sin nombre ni matrícula detiene la marcha, gira bruscamente sobre su eje y luego el motorista acelera con fuerza. Las turbulencias confirman que este es el punto exacto en el que la confluencia de los ríos Apurímac y Mantaro forma el caudaloso Ene, y da así el nombre a uno de los territorios más inhóspitos y peligrosos del país, el Vraem. El destino final del bote es Vizcatán del Ene, el último distrito creado por el Gobierno en esta zona. Pertenece a la selva de Junín, pero muy cerca de Cusco y Ayacucho, y se ubica a apenas un día de camino (suena lejos, pero no lo es) de Vizcatán, una agreste cadena de montañas donde desde el 2008 las Fuerzas Armadas han intentado desalojar a las columnas remanentes de Sendero Luminoso. Más que desaparecido, en realidad estas se han dispersado. Antes, cuando Sendero tenía alguna especie de perversa ideología, se decía que “el partido tiene mil ojos y mil oídos”. Ahora, ya sin ideología alguna, lo que tiene es mil escondites.

(El Comercio, 17 de abril de 2016)


“¿Con o sin notas de inteligencia había que ir a ese lugar?”

La violencia de Sendero Luminoso no se detiene en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem). Al ataque que dejó 10 muertos un día antes de las elecciones, se sumó ayer un reporte sobre un enfrentamiento entre nativos asháninkas y senderistas en Satipo [ver nota vinculada]. Horas antes, El Comercio conversó con el general EP Fernando Acosta, máximo jefe militar del Vraem, sobre cómo enfrenta el Gobierno a la subversión.

(El Comercio, 15 de abril de 2016)


El voto valiente en zona de guerra

Un domingo cualquiera en las principales ciudades del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) se vive más que nada en las plazas, donde se organizan extensas ferias de venta ambulante de comida, medicina natural, ropa y juguetes. Pero el de ayer fue un domingo distinto, igual de dinámico pero no de tranquilo. En Pichari, la principal ciudad de este territorio, todas las mesas de votación se ubicaron en un solo local, el centro educativo La Victoria. Dentro del colegio, los militares se ubicaron en todo el recinto en alerta permanente y revisaron cada paquete que entraba. Fuera, la policía cerró las calles a dos cuadras a la redonda.

(El Comercio, 11 de abril de 2016)


¿Cómo buscar a ‘José’ y ‘Raúl’?

Víctor y Jorge Quispe Palomino, conocidos como ‘José’ y ‘Raúl’, cabecillas terroristas del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), integran la lista de los criminales más buscados presentada esta semana por el Ministerio del Interior. No solo son aquellos por quienes se ofrece la mayor recompensa (S/2 millones), sino los que más tiempo llevan evadiendo a sus captores. Atraparlos equivaldría a reducir casi al mínimo la presencia de Sendero Luminoso.

(El Comercio, 26 de marzo de 2016)


La coca hace ‘crack’

Un suceso reportado el 8 de marzo en San José, un pequeño centro poblado del distrito de Santa Rosa (provincia de La Mar, Ayacucho), resume una situación que vive el Vraem y que puede marcar el inicio de un nuevo ciclo en la lucha contra el narcotráfico en todo el país. Aquel día, policías del Grupo de Operaciones Táctica Antidrogas en Jungla (Goatj) llegaron en cuatro camionetas hasta San José. Los informantes habían indicado un lugar donde se estaba produciendo una cantidad regular de cocaína: había tres enormes pozas de maceración en un laboratorio clandestino. Llegaron y, efectivamente, encontraron dos toneladas y media de insumos químicos, más de dos toneladas de hoja de coca y dos motobombas. Destruido el laboratorio, los policías se retiraron.  A pesar de que la trocha por donde habían ingresado había sido bloqueada con piedras y troncos de árboles, el asunto no llegó a mayores. Pero sí tensó la tarde.

(El Comercio, 14 de marzo de 2016)


Contra el tráfico

La lucha contra el narcotráfico en el interior del país durante este año ha tenido varios giros, literales y metafóricos. El primer giro lo dio el piloto de un helicóptero de la Fuerza Aérea que trasladaba al presidente Ollanta Humala, luego de que este inaugurara dos puentes en Llochegua, una álgida localidad del Vraem. El piloto se desvió de su ruta para mostrarle al mandatario un conjunto desordenado de líneas que desde el cielo parecían cicatrices pero que, en realidad, eran pistas de aterrizaje para narcoavionetas. Eso ocurrió el 7 de marzo. Desde aquel día, por órdenes directas de Humala, miles de militares y policías se dedicaron a destruir compulsivamente pistas clandestinas. En total han sido más de 200 (muchas de ellas reconstruidas, muchas de ellas otra vez destruidas). Como dice Gustavo Gorriti, periodista experto en el tema y que recientemente ha recorrido la zona, “es el primer caso, parece, en el que un puente aéreo se quiebra desde el suelo, sin utilizar ni un solo avión, negando aterrizaje a las narcoavionetas”.

(El Comercio, 31 de diciembre de 2015)


Armas de doble filo

“La corrupción existe, pero nosotros estamos siempre pendientes”, dijo el viceministro de Defensa Iván Vega el 14 de octubre. Aquel día la agencia de noticias The Associated Press (AP) había publicado un amplio informe sobre la relativa facilidad con que las narcoavionetas continúan aterrizando en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), a pesar de las operaciones de destrucción de pistas clandestinas. Los militares inhabilitan las pistas que descubren mientras los narcos utilizan aquellas que se reconstruyen, como en un interminable ajedrez cartográfico. En dicho reportaje, el periodista Frank Bajak incluye la versión del piloto de una de estas aeronaves, quien asegura que por cada vuelo algunos altos mandos de las Fuerzas Armadas recibirían hasta US$10 mil. El ministro de Defensa, Jakke Valakivi, dijo que el reportaje incluía “información tendenciosa”. También opinó al respecto el jefe de Devida, Alberto Otárola: “Si AP tiene pruebas ciertas de que los militares cobran cupos, le pido públicamente que haga esa denuncia ante las autoridades”. Parecía una reacción en cadena perfectamente coordinada.

(El Comercio, 24 de octubre de 2015)


La química de lo prohibido

La mañana del 19 de agosto, un equipo compuesto por aproximadamente 30 policías del Grupo de Operaciones Antidrogas Tácticas en Jungla (Goatj), encabezado por el coronel Jhonel Castillo, había salido al campo para ejecutar una operación contra uno de estos laboratorios clandestinos. Alertados por los ladridos de los perros y por los movimientos extraños en la carretera, los dueños abandonaron rápidamente el lugar y se escondieron en la selva. Cuando los policías llegaron al sector conocido como Vistoso, vieron algo que no estaba en sus planes encontrar. A pocos metros de dos pozas de maceración de hoja de coca, y perfectamente alineados, había 10 balones de gas con sus respectivas mangueras, 10 cocinas, 10 galoneras de ácido sulfúrico, bolsas de sal (más de 700 kilos) y, en tinas de plástico, bidones con cerca de 300 kilos de ácido clorhídrico producido allí mismo, artesanalmente. El ácido clorhídrico es un componente esencial para el narcotráfico: es el agente que convierte la pasta básica en clorhidrato de cocaína; es este químico el que le da nombre a una de las drogas más consumidas en el mundo. Esto cambia el panorama de un modo significativo. Ahora los narcos del Vraem no solo producen drogas, sino también los insumos. Para los policías del Goatj el hallazgo en Palmapampa significaba una operación exitosa pero, al mismo tiempo, la confirmación de la idea de que es difícil derrotar al narcotráfico porque siempre se reinventa.

(El Comercio, 25 de agosto de 2015)


“En el Vraem hay que operan primero con inteligencia”

La misma semana en que el Congreso aprobó el proyecto de ley 2891 (ley de control, vigilancia y defensa del espacio aéreo nacional), que permitirá retomar la interdicción y eventual derribo de avionetas que ingresen al país para recoger o traer drogas, Devida terminó de imprimir un libro institucional titulado “Recuperando el Monzón”, que detalla cómo este territorio del Alto Huallaga, antiguo bastión del narcotráfico, fue cambiando lentamente de giro (con aciertos y errores) y es ahora un distrito bastante menos hostil que lo que alcanzó a ser hasta hace pocos años. Según Alberto Otárola, se trata de un “caso ejemplar”. La experiencia en el Monzón, por cierto, permite mirar en perspectiva lo mucho que queda por hacer en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem), el principal foco de producción y tráfico de droga en el Perú.

(El Comercio, 24 de agosto de 2015)


Sobre pistas y un Sendero

“En esta guerra hay que leer y releer la doctrina del enemigo”, explica un oficial del Ejército destacado en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem). Y luego cita a Mao: “Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando el enemigo acampa, lo hostigamos; cuando no quiere pelear, lo atacamos y, cuando huye, lo perseguimos”. Y eso es exactamente lo que sucede en este momento en esta convulsionada zona de la selva. La lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, en estas últimas semanas, ha cambiado de escenarios.

(El Comercio, 11 de junio de 2015)


El fuego de la coca

Todos los días, una patrulla de las Fuerzas Armadas busca pistas de aterrizaje clandestinas, para destruirlas e inhabilitarlas. Todos los días, los narcotraficantes contratan a pobladores para rehabilitarlas. Todos los días, patrullas de la Policía Nacional realizan operativos para ubicar y destruir pozas de maceración de hoja de coca y laboratorios de clorhidrato de cocaína. Todos los días, los dueños de esos laboratorios –suelen ser clanes familiares que siembran, cosechan y procesan la coca- los reconstruyen. Mientras en Lima se discute si el Perú va camino a ser un narcoestado, en el Vraem se confirma el concepto de narcorregión. Aquí se nace, se crece y se muere en medio de coca.

(El Comercio Web, 9 de junio de 2015)

En los últimos años, en el Vraem han cambiado las estrategias antidrogas, los modos de producción, las rutas del traslado, las áreas de cultivo. Han cambiado también algunos puntos de vista. Julián Pérez es el actual presidente de la Asociación de Productores de Hoja de Coca del Vraem. Si el discurso de los antiguos dirigentes cocaleros se acercaba a la consigna de “coca o muerte”, la de Pérez es menos idílica: “Reconocemos que el problema se nos fue de las manos. No vamos a ocultar que una gran parte de nuestra cosecha va al narcotráfico”. La idea no visible es evitar la inminente llegada del Proyecto Especial Corah al valle. En este momento obreros construyen lo que será el campamento del Corah en Pichari; se ubica justo entre la base policial y la base militar, para evitar posibles atentados. Al mismo tiempo, a tres cuadras, se remodela la Plaza de Armas del distrito. Cambiarán las bancas y el piso, pero mantendrán el monumento principal: dos hileras de hojas de coca de mayólica verde con inscripciones en idiomas locales. Una de ellas dice: “Ojencare coca tinaire perane kamaichire pesate”, que en asháninka significa: “Jamancia verdecina, el despertar de los seres inertes”. El Vraem es el territorio de lo obvio.

(El Comercio, 31 de mayo de 2015)


Vraem, el reino de las sombras

Hace menos de tres meses un grupo bien entrenado de militares mató a ‘Alipio’ y ‘Gabriel’, dos cabecillas de Sendero Luminoso en el Vrae (o Vraem, como se llama ahora). La reacción inmediata de todos nosotros fue: es un golpe durísimo al senderismo, ahora el Estado podrá ahora retomar algún mínimo control en la zona. Lo primero es más o menos cierto, lo segundo no tanto. En el viaje que hice hace poco junto a Dante Piaggio entrevisté como a 15 o 20 personas, desde pobladores anónimos y campesinos de zonas alejadas hasta y alcaldes distritales de todo el Vrae. Casi todos están de acuerdo en que ya Sendero es una presencia complicada. No piensan lo mismo del narcotráfico. El chofer de un colectivo -Toyota nuevo, comprado hace poco, una empresa formal o casi- me encaró: “Si hay quienes fabrican zapatos, otros procesan gaseosas, otros preparan cocaína. Con el pueblo no se meten. Además, me compran un poquito de hoja de coca de mi parcelita. También siembro cacao pero no deja mucha plata y tengo que pagar gastos, impuestos, colegio. Yo no consumo drogas, no las produzco y no conozco a quienes sí, pero necesito plata. ¿Soy culpable, dime?”.

(Revista Somos, 2 de noviembre de 2013)


Operación militar buscará en toda Tayacaja a los autores del atentado

El paisaje en Tintay Punco es, por estos días, extraño. Decenas de policías y militares deambulan por la pequeña plaza central del distrito, mientras que los pobladores en los alrededores están expectantes a lo que los soldados pudieran hacer para dar con quienes el último jueves emboscaron y asesinaron a 14 efectivos de la base contraterrorista de Cochabamba Grande se la Segunda Brigada de Infantería, perteneciente al Comando Especial del VRAE. El Comercio pasó la noche del sábado en Tintay Punco, en la convulsionada provincia de Tayacaja (Huancavelia). Se puso notas, entra otras cosas, un nerviosismo latente. Es, al fin y al cabo, un pueblo que revive el miedo.

(El Comercio, 13 de octubre de 2008-21 de mayo de 2016)


 

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